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lunes, junio 22, 2009

Mensaje...

Quisiera tener el ovillo para hallarte al otro extremo y jalarte un poco hacia mi, o quizas seguirlo hasta llegar a ti... pero aún estoy en el laberinto y no consigo matar a la bestia...

::..Teseo..::

miércoles, abril 15, 2009

En medio del dédalo y sin ovillo...

Las paredes son enormes… un metro sobre mi cabeza, es un jardín de ramas entrelazadas, todo verde y vacío, no se escucha ni el crujir de alguna rama, ni el trinar de los pájaros. Y yo me encuentro en el centro de este dédalo, con el propósito de encontrar una salida, de cambiar el paisaje, de aclarar los pensamientos y saber si hay algo al final, pero sobre todo si ese algo del final es lo que he estado esperando.

Me encuentro en el centro del dédalo caminando sin rumbo, doblo hacia la izquierda, hacia la derecha y creo que por este lugar ya he pasado un par de veces. Sin estrellas que guíen mis pasos, sin un viento que sople y me traiga una pista de su olor. No tengo el ovillo, Teseo nunca lo regresó, tampoco estoy segura que haya matado a la bestia.

Y si es a esa bestia a quien me encuentro en mi andar? Si esas carcajadas se acrecentan y la cabeza termine por estallar, perder la conexión? Tanto silencio y tanto tiempo que la cabeza se llena de ideas, asaltan los miedos, reconfortan las buenas memorias, los ojos arden de lo poco que se ha dormido y de los torrentes internos que encuentran en ellos la única salida.

Todo es tan confuso y no he aprendido la lección, no solo ya he pasado por aquí, sino que me he perdido en el mismo lugar, buscando un rastro cálido que me han quitado de tajo.

Teseo ha liberado la bestia y me ha dejado en medio del dédalo y sin ovillo.

miércoles, febrero 04, 2009

En el café de siempre

Él no es un chico como todos, aunque pareciera, le gustan los deportes, los carros, las reuniones con los amigos, para hablar de todo y nada a la vez. Pero hay algo que lo diferencia del resto, y eso es su forma de ser. Él es una persona muy sensible y muy sencilla, luchador incansable, firme a sus ideales, incluso tierno y con mucho amor para dar.

Un buen día él decide buscar otros rumbos, seguir sus corazonadas, aprovechar oportunidades y empacó sus cosas, besos a la familia y emprendió su nueva aventura, necesitaba sanar rodillas y corazón de la última caída de las nubes. Nuevo, sin conocer a nadie y saliendo a caminar para que la soledad no lo localice. En uno de tantos paseos en su tiempo libre, al doblar la esquina, sentada en una mesita del café, que se volvería el de siempre, estaba ella, con sus ojos llenos de vida, su libro en las manos y en un segundo de coincidencia él la miró y ella levantó la mirada.

Ella iba cada tarde de 4 a 6 al mismo café, siempre con un libro en las manos y tan radiante como de un tiempo acá, se había vuelto costumbre que él pasara a las 5:30 por ese lugar, volteara a la misma mesa y verla, esperar cruzar miradas y regalarle una sonrisa.

Pero ese día sería diferente, ella llegó al café de siempre a las 4, con su libro en las manos y un sobre como separador. Él pasó por ahí a las 5:30, la miró, pero ella no levantó la mirada, permaneció 5 minutos mirándola fijamente y nada. Dio un paso hacia ella, buscando su mirada y descubrió que una lágrima rodaba por sus mejillas. Sentía que la conocía de tiempo atrás y rompió el silencio, la voz de él la despertó de su letargo, enjugó sus lágrimas y le regaló su sonrisa.

Él no le preguntaba el motivo de su pena, su propósito era hacerla sentir mejor, se presentaron y charlaron por largo rato, que las 6:00 de costumbre habían quedado lejos, pedidas en las horas arrancadas del tiempo, del reloj, esas horas que le gritaban, que le reclamaban, pero que en esa ocasión ella no escuchaba. Tenían tanto en común y tanto de que platicar que ni uno, dos o tres cafés les serían suficientes y acordaron verse cada día a las 5:30, en el café de siempre, en la misma mesa, con la misma vitalidad.

Charlas café tras café, un apoyo incondicional a él que era recién llegado. Él ya no se sentía como antes, dejó a la soledad confundida al doblar la esquina, se quedó desorientada buscando alguien más un poco más gris a quien seguir para ofrecerle su compañía… oh pobre soledad.

El tiempo pasó, ella tenía algo que confesar, eso que desataba los torrentes internos, pero él no la dejaba nunca terminar, no porque no quisiera escucharle, sino porque sabía que eso a ella le hacía mal. Ella lo presentó con su familia y él no podía sentirse más feliz, tenía un motivo para permanecer en esa sucia urbe que le había dado una amarga bienvenida, pero también la oportunidad que ella llenara de luz y dulzura su estadía.

Cuando era más que evidente, porque el tiempo nada perdona, ella le confesó que sus ojos no eran lo único que tenía vida en ella, que alguien más crecía dentro de su ser. Ella no podía verle más a los ojos pues ellos solo habían cruzado palabras, todas las tardes en el café de siempre.

Cuando lo supo, él tomo una decisión… permanecer a su lado y llenarse de su milagro, pues es lo que le faltaba para acabar de sanar rodillas y corazón de la última caída, que ya había quedado en el pasado, dándole la mano a la soledad. Y a las dos se les puede encontrar al doblar la esquina justo antes de entrar al café de siempre, buscando algún pobre incauto que cargue con las dos.

domingo, julio 13, 2008

Un cuento

Yo cuento... yo cuento, un cuento tan chiquito...
Que ya se acabó.