miércoles, julio 29, 2009

Al menos por hoy...


De un tiempo a esta parte, te has instalado en mi mente y se me van los minutos en traer a la memoria cada uno de tus detalles, tus movimientos, el calor de tu estadía, el tono de tu voz, la cadencia de tu respiración. Te has convertido en mi sueño recurrente, apareciendo sin falta y sin avisar en ellos. Lo has hecho ayer, el día anterior y el anterior a ese y tantos otros que ya he perdido la cuenta. Estoy segura que esta noche también podre verte rondar por mis sueños, sonreírme de esa forma tan característica, caminaré a tu lado bajo la lluvia, tomándote del brazo por si pretendes huir y sentir que el tiempo se ha detenido.

Disfrutaremos de esas charlas café tras café, las risas, los silencios, los abrazos. A cada instante diferente, pero siendo el mismo, un sueño que pueda comprarme como real. Soñar que es a ti y no a mi almohada a quien abrazo, que el calor no es solo la falta de brisa de este verano, que toda esa tranquilidad y confort me lo brindas tu, al menos en mis sueños es así.

Desconectaré los despertadores, cubriré las ventanas con gruesas cortinas que no permitan que el Sol me despierte de mi letargo, sellaré la habitación para no escuchar sonido alguno. Haré esta noche tan larga para que tu sensación no se esfume cuando la mente pretenda situarse en la realidad y se dé cuenta que lo único que tengo de ti son estos anhelos oníricos.

Mantener en mí las sensaciones vivas lo más que se pueda, antes que, por un tirón de la vida, concluya en que esto que tengo tan solo son: Sueños, ilusiones y presentes lejanías.

sábado, julio 11, 2009

Mi vida, no hay derecho...





Mi vida, no hay derecho a salir con miedo a la

calle. La ciudad se desangra y parece que no
había nadie cuando partieron un alma contra
la acera, cuando surcaron el aire gaviotas
muertas.

Tratan de convencernos de que aquí no pasa
nada. Mientras la ciudad muere, hay quién
ya clama venganza. Se empeñaron en matarnos
la ideología y, no contentos, ahora mandan
sus perros de cacería.

Mi vida, no hay derecho a salir con miedo a la
calle. Dentro de poco toque de queda y refugios
que arden. Respondamos antes de que se haga tarde,
o quizás un día despiertes y no haya nadie.

A quien mirar a los ojos para contarle que no hay
derecho a salir, mi vida, que no hay derecho a
salir con miedo a la calle.



La gente tiene miedo y ha decidido hacer su propio toque de queda, las tiendas las cierran como domingo entre semana, especialmente las del centro de la ciudad. La gente anda de prisa, solo a lo que tiene que hacer. Se acabaron esos paseos por el centro, sentarse en la plaza de armas a tomarse un agua celiz, recorrer la Hidalgo hasta la alianza, por el simple hecho de pasear.

Las puertas de las casas están cerradas como nunca, la gente prefiere el calor ahogante dentro de la casa que ser víctima de un fuego cruzado que no pidieron. No hay nadie detrás de la puerta, con el sol se van las esperanzas, la confianza de abrir a la puerta si alguien llama. Se ha pasado de estar conviviendo al aire libre a resguardarse en la última habitación, debajo de la cama, dentro del closet, aplicando la supervivencia con el pecho a tierra. Esos crujidos que se escuchan, son de la tormenta que se desata allá afuera, y que más dieran porque la tormenta acarreara agua, aunque se les inunden las casas, es mejor que una lluvia de plomo y pólvora que deja fluidos rojos regados en las aceras.

El día termina antes, la paranoia se ha apoderado de todos, las mentes se deshacen de a poco y pierden la cordura. Caminar solas, ni pensarlo. Las paradas escaladas entre el punto de partida y el punto destino se han reducido a cero, nadie levanta la mirada, no por pretender que nada sucede, sino para protegerse de ser confundidos o malinterpretados. Se suspenden eventos, los operativos son insuficientes, la cadena de comunicación en la persona menos pensada les da el aviso de quien se acerca y contraatacan. Y con el primer rugido la vida se apaga, por una o dos horas, más el tiempo de espera para asegurarse que todo pasó.

Las sirenas se han quedado mudas por largo rato, cuando rompen el silencio, sus cantos son más bien gemidos lastimeros presurosos para intentar rescatar el último soplo de vida de aquellos que se encontraban en el lugar equivocado a la hora equivocada. Gente inocente, niños, señoras, señores… y lo que más puede son los niños. Y el canto de las sirenas en vez de calmar se suma al llanto colectivo, recuperando en vez de prever.

Es de noche y desde esa parte de la ciudad nadie la mira, las casas se pierden entre los cerros y cuando pareciera que todo se ha calmado, cuando el sueño los ha vencido el movimiento empieza de nuevo y a la mañana siguiente hay unos cuantos menos y muchas lágrimas de más. Gente perdida, confundida, que fue sacada de su casa, que nunca regresó a ella. Y la vida tiene que continuar, todo está tan difícil que no se pueden quedar resguardados y tampoco tienen posibilidades de cambiar de hogar.

Bendiciones antes de salir del hogar, sabiendo que es probable no regresen jamás, ya sea por víctimas o por consecuencias de sus actos, muchas de las veces guiados por la desesperación del olvido por parte de los que acaparan el poder.

Años va para tres, y la mancha roja crece cada vez más. Y en bocas de muchos, de tantos, de todos los que se resguardaban entre los cerros, sin saber que sería el núcleo de una maraña impenetrable se repiten entre sí, una y otra vez.

“Mi vida, no hay derecho a salir con miedo a la calle.”

martes, julio 07, 2009

No se..


Que tan imprudente se puede ser cuando una idea aslta la mente y es recurrente y da vueltas y vueltas, los dedos pican, y algo dentro te retiene pero otra voz te dice que lo hagas. No se si sea costumbre, necesidad, ganas o algo que vaya más allá, pero la mente no se está tranquila.

Las actividades se han disminuido y doy vuelta a la agenda una y otra vez y tengo una puntería tal que el número que decido ya no existe, quizá marqué mal, quizá no vi bien los números, un intento, otro más y el mismo resultado negativo. Mi distractor no funcionó, se borra el número de la agenda con gran dolor. Y aun sigo con esas ganas de tomar el teléfono y hacer una llamada, tan sencilla, tan simple, pero temo que sea inoportuna o que se malentienda y los esfuerzos externos se vengan abajo por una ansiedad de mi parte de hablar con alguien que se que me entiende, que sabe que no debe haber una razón en específico, sino que en veces simplemente no se puede evitar.

Y busco salidas alternas pero no responden, dan esperanza de sacar… no se… no se que es lo que quiero sacar, lo que se me atora en la garganta, lo que hace ese nudo en la boca del estómago… será que vuelvo a ser tan estúpida de nuevo que me creo imágenes mentales de algo que no puede ser, de algo que no es para mi.

Seguiré con mis dudas, con mi angustia… con mi…. No se que… no se que es lo que me pasa… creo que mejor me voy a mojar del milagro de la lluvia para no llorar en soledad…